31/3/26

El violín de Isaac. Músicas y palabras.

 

Quizá la música, como del amor dice la canción, esté en el aire. O, quizá, habita las ancestrales criptas genéticas de nuestros gozos para definirnos como especie solicitándonos a su búsqueda de liberación. Mane donde mane la fuente de la música a su encuentro y captura se afana el compositor con su lírica red para cazar mariposas o interpretando sueños sonoros. Con sus grafías y teorías quiere atrapar sus armonías para aprendidos intérpretes que con mil distintos afinados utensilios modulen el cuerpo sonoro de las melodías.
Así en la callada inmensidad, contenida en la gota o en el océano, de lo que nos conmueve el aire mudo se ondula en voces que consuelan y ordenan.

Podrá no haber poetas; pero siempre habrá poesía…dijo Bécquer desde su romanticismo donde la vida en espejo invertido aspiraba a imitar lo escrito.

En literatura el autor escribe sus partituras de palabras y el lector las interpreta en su poco comprometida intimidad de textos mudos. Con sus instrumentos vitales el lector cierra así el círculo fecundo de lo expresado por el autor que dejó su grafía, simiente negra, a la espera. Puede haber otro nivel propiciado de magia y misterio por el que narra a viva voz lo leído, imaginado o escuchado… como en el hecho musical el que escucha es el fin último, el lugar de encuentro donde se sustancia y desemboca la sonoridad de palabras y sonoras armonías.
Narrar un texto o interpretar una melodía comparten el arriesgado arte de comunicar sin exclusiones predeterminadas, de dar cuerpo sonoro a palabras y notas escritas, de dar vida a lo comprendido por compartir, de interpretar aromas respetando las esencias. 
Oralidad y musicalidad abriendo el pecho de quien quiera creer, crear, cruzar, …nuevas, punzantes, apasionadas…realidades. 

Vayamos con la historia.

Erase una vez una herrería donde se doblegaba el hierro, claro está, para sus usos donde forma y temple eran esenciales para abrirse paso entre las resistencias cotidianas. El fuego en la fragua, el aire en el fuelle, el agua en la pila, la firmeza en el yunque, la fuerza en el brazo, la certeza en el tino, el esfuerzo en la necesidad, el orgullo en el pecho, la contabilidad en la iguala…todo un mundo de elementos dispuesto para un pan de resistencia y alegrías por conquistar.
Más tarde los pañuelos, como banderas blancas al aire, irían anunciando el final pasando de calmar la frente a secar la sal más pura, ácida y menuda, de los ojos. 

También había en Casa dos guitarras , algún libro de Santos, cancioneros, misas y funerales cantados y por cantar, el burro Felipe y Chispa la perreta. Allí nació Isaac… entre tuercemorros, tenazas, mallos, martillos y el tintineo en el yunque en búsqueda del golpe certero.

La herrería tenía pues algo de orquesta, de metales principalmente, al ritmo marcado por los golpes en distintas octavas, claves y brillos de instrumentos-herramienta de mayor o menor contundencia, intensidad y dinámicas sobre el yunque en sus diferentes formas y utilidades. El cadencioso órgano del gran fuelle que avivaba el crepitar del carbón a cada bocanada aportaba su grave nota pedal abrumada bajo la marcada melodía. No faltaba la letra coral en todo aquello en sus diferentes registros y texturas. Nada en la herrería, por lo tanto, era ajeno a cierta inclinación por ordenar los sonidos y sus tiempos en algo más armónico a través de otras herramientas con que atrapar y transmitir sensaciones.
El humo, el fuego, el calor, el óxido, la brasa, la ceniza, la escoria, el carbón, el hollín, la chispa y la carbonilla aportaban un valor escénico de indudable valor pero en lo musical no tenían relevancia alguna, al menos respetaban el silencio y  bien es sabido que en una pieza musical los silencios también son música.
Así pues los de Casa Ferrero mudaban piel y muda periódicamente, también acudían al Gállego a Sanjuanarse cada 24 de Junio para mantener su piel con una sensibilidad aceptable a su medio. En el agua renovadora quedaba, creer es lo importante, el exceso de durezas, caparazones de rencor e injustas erosiones sufridas en el discurrir de sus vidas. Mantenían, eso si, una epidermis de resistencia al medio necesaria para todo aquel que se ponga bajo el sol, a veces abrasador, de los aconteceres de este mundo erosivo por imperfecto.
Lo digo por si alguien creyera que un herrero rural por tener fama de engañar al diablo era de su misma piel ahumada por su malvada brutalidad.

El caso es que un buen día Isaac tuvo ocasión de comprar en Yeste, a cambio de un pan de kilo, un violín de aquellos de Paternoi. La afición al cuarto arte ya le venía de casa y de los bailes de la redolada. El deseo de impresionar a su público, mayormente al femenino, ya le venía de atrás. La necesidad de algún dinero extra tampoco estaba de más. Que mejor negocio que satisfacer la afición, el deseo y la necesidad a cambio de un pan blanco de kilo a cambio a su vez de dos de trigo en el molino a cambio de apuntar cuatro rejas y herrar dos machos.
Entre las deficiencias del instrumento estaba la falta de pelo en el arco pero Isaac de crines ya sabía algo atento a evitar las coces de machos ariscos. Así que con la cola de la yegua blanca de Casa Jarne compuso su arco al gusto del mismísimo Sarasate. Al Irundar Pablo no le conocí pero a Isaac, mi padre, mucho y bien por lo que creo puedo mantener mi anterior afirmación.

A base de pasar su arco en diferentes inclinaciones, rascar le decía, buscaba pertinaz un diálogo entre iguales de cuatro cuerdas con cuatro dedos. Poco a poco empezaron a brotar de la vieja madera, primavera deseada en la soledad de campos y sasos, verdes notas temblorosas ya con el aire insinuando aromas del bolero, en sus primeros pasos, titulado Caminito. Mallo, ramal y violín de las mismas manos se guiaban así que oficio y afición de su mano hacia Riglos muy de mañana marchaban.
Un día de algo que celebrar enganchado en el estribo del Canfranero para apearse en Riglos a tocar sus apocados aires de modernidad se abrió la maleta del instrumento cuando ya el menhir Firé anunciaba la proximidad del apeadero. Cayendo el violín a vueltas los nervios, la fatalidad, el miedo escénico, el no tener billete, la culpa…lo que fuera o todo junto lo puso en buen apuro. Acostumbrado a templar hierros a rojo cereza bien templado saltó del tren, recuperó su tesoro y volvió a subir…nada que no tuviera solución diremos que gracias a la Virgen del Mallo con Santa Cecilia de la mano. Lo apañó, tocó, llenó un espacio de su música y, decía con orgullo sorprendido,… joder, hasta bailaban.
No hay lugar donde no quepa el intento de quien busca y ofrece la belleza como un heraldo de lo posible. Es la tierra misma la que canta coral por sus mil gargantas himnos de victoria sobre la cara oscura de los días. En salas y eras “el baile” eran gentes y músicas celebrando una misma fiesta ganada al encuentro de espacio y tiempo que forjaba su vida. Ecos de una tradición de narradores de raíz profunda abiertos a las nuevas floradas con los aromas que llegaban del mundo en su rodar imparable.
Eran flor de almendro atrayendo a su abeja, sexo abierto al desconcierto del amor.
Eran baile y en él el asombro, la vergüenza y la desvergüenza, la proximidad soñada, el encuentro, el beso escondido, la frustración de la espera, la asumida indecisión, la buena comida y el trago largo compartido.

Llegó el día que tuvo que marchar, drama clásico en esta montaña de plena vigencia en este mundo, y con mi madre a los 15 días de casarse embarcaron hacia Buenos Aires. Condición sabia de mi abuela, esta de ir ya casado, para reforzar amparos y facilitar retornos como así fue. Con ellos iba lo que consideraron de valor en su nueva vida en las Américas. Una caja de Terry que canjear en destino por algo que aliviara el bolsillo, una máquina de coser para mantener unidos los retales de sus esperanzas, un colchón para el descanso y el deseo necesarios para lo porvenir y el violín con su alma dispuesta para el encuentro con las gentes de piel de almendro que le precedieron.

Desconozco, nunca se habló de ello, que fue de aquel violín que salió del malogrado Paternoi para llegar al Buenos Aires del Obelisco, insignificante Firé, y las grandes avenidas.
Lo imagino en las meriendas entre churrascos y capeas de índices en los parietales, en el Centro de Aragón ante joteros polacos, entre botas en alto y testigo de las cartas y fotografías dedicadas de mi padre a los suyos…Con un fuerte abrazo para mamá hermanos y sobrinos en el día de Navidad. Buenos Aires 24-12-57.

Allí quedó, en aquel nuevo mundo de cantos de sirena fabriles antes del amanecer como parte de una historia de arraigos y desarraigos. Quizá, no lo creo, quedó como un capricho viejo inservible para un retorno exitoso. O su pecho de abeto se enamoró de rasgados aires de tango, o cansado ya del bullicioso silencio urbano en su maletín calló para siempre sus sufridas armonías.   

Así pues, violín de Isaac, de tu caja de resonancia arranco de viva voz estas palabras que pocos, quizá nadie, me temo escuchará.