Quizá la música, como del amor dice la canción, esté en el aire. O, quizá,
habita las ancestrales criptas genéticas de nuestros gozos para definirnos como
especie solicitándonos a su búsqueda de liberación. Mane donde mane la fuente
de la música a su encuentro y captura se afana el compositor con su lírica red
para cazar mariposas o interpretando sueños sonoros. Con sus grafías y teorías
quiere atrapar sus armonías para aprendidos intérpretes que con mil distintos
afinados utensilios modulen el cuerpo sonoro de las melodías.
Así en la callada
inmensidad, contenida en la gota o en el océano, de lo que nos conmueve el aire
mudo se ondula en voces que consuelan y ordenan.
Podrá no haber poetas;
pero siempre habrá poesía…dijo Bécquer desde su romanticismo donde la vida en
espejo invertido aspiraba a imitar lo escrito.
En literatura el autor
escribe sus partituras de palabras y el lector las interpreta en su poco
comprometida intimidad de textos mudos. Con sus instrumentos vitales el lector
cierra así el círculo fecundo de lo expresado por el autor que dejó su grafía, simiente
negra, a la espera. Puede haber otro nivel propiciado de magia y misterio por
el que narra a viva voz lo leído, imaginado o escuchado… como en el hecho
musical el que escucha es el fin último, el lugar de encuentro donde se
sustancia y desemboca la sonoridad de palabras y sonoras armonías.
Narrar un
texto o interpretar una melodía comparten el arriesgado arte de comunicar sin
exclusiones predeterminadas, de dar cuerpo sonoro a palabras y notas escritas,
de dar vida a lo comprendido por compartir, de interpretar aromas respetando
las esencias.
Oralidad y musicalidad abriendo el pecho de quien quiera creer,
crear, cruzar, …nuevas, punzantes, apasionadas…realidades.
Vayamos con la historia.
Erase una vez una
herrería donde se doblegaba el hierro, claro está, para sus usos donde forma y
temple eran esenciales para abrirse paso entre las resistencias cotidianas. El
fuego en la fragua, el aire en el fuelle, el agua en la pila, la firmeza en el
yunque, la fuerza en el brazo, la certeza en el tino, el esfuerzo en la
necesidad, el orgullo en el pecho, la contabilidad en la iguala…todo un mundo
de elementos dispuesto para un pan de resistencia y alegrías por conquistar.
Más tarde los pañuelos, como banderas blancas al aire, irían anunciando el
final pasando de calmar la frente a secar la sal más pura, ácida y menuda, de
los ojos.
También había en Casa dos guitarras , algún libro de Santos,
cancioneros, misas y funerales cantados y por cantar, el burro Felipe y Chispa
la perreta. Allí nació Isaac… entre tuercemorros, tenazas, mallos, martillos y
el tintineo en el yunque en búsqueda del golpe certero.
La herrería tenía pues
algo de orquesta, de metales principalmente, al ritmo marcado por los golpes en
distintas octavas, claves y brillos de instrumentos-herramienta de mayor o
menor contundencia, intensidad y dinámicas sobre el yunque en sus diferentes
formas y utilidades. El cadencioso órgano del gran fuelle que avivaba el
crepitar del carbón a cada bocanada aportaba su grave nota pedal abrumada bajo
la marcada melodía. No faltaba la letra coral en todo aquello en sus diferentes
registros y texturas. Nada en la herrería, por lo tanto, era ajeno a cierta
inclinación por ordenar los sonidos y sus tiempos en algo más armónico a través
de otras herramientas con que atrapar y transmitir sensaciones.
El humo, el
fuego, el calor, el óxido, la brasa, la ceniza, la escoria, el carbón, el
hollín, la chispa y la carbonilla aportaban un valor escénico de indudable
valor pero en lo musical no tenían relevancia alguna, al menos respetaban el
silencio y bien es sabido que en una pieza musical los silencios
también son música.
Así pues los de Casa
Ferrero mudaban piel y muda periódicamente, también acudían al Gállego a
Sanjuanarse cada 24 de Junio para mantener su piel con una sensibilidad
aceptable a su medio. En el agua renovadora quedaba, creer es lo importante, el
exceso de durezas, caparazones de rencor e injustas erosiones sufridas en el
discurrir de sus vidas. Mantenían, eso si, una epidermis de resistencia al
medio necesaria para todo aquel que se ponga bajo el sol, a veces abrasador, de
los aconteceres de este mundo erosivo por imperfecto.
Lo digo por si alguien
creyera que un herrero rural por tener fama de engañar al diablo era de su
misma piel ahumada por su malvada brutalidad.
El caso es que un buen
día Isaac tuvo ocasión de comprar en Yeste, a cambio de un pan de kilo, un
violín de aquellos de Paternoi. La afición al cuarto arte ya le venía de casa y
de los bailes de la redolada. El deseo de impresionar a su público, mayormente
al femenino, ya le venía de atrás. La necesidad de algún dinero extra tampoco
estaba de más. Que mejor negocio que satisfacer la afición, el deseo y la
necesidad a cambio de un pan blanco de kilo a cambio a su vez de dos de trigo
en el molino a cambio de apuntar cuatro rejas y herrar dos machos.
Entre las
deficiencias del instrumento estaba la falta de pelo en el arco pero Isaac de
crines ya sabía algo atento a evitar las coces de machos ariscos. Así que con
la cola de la yegua blanca de Casa Jarne compuso su arco al gusto del mismísimo
Sarasate. Al Irundar Pablo no le conocí pero a Isaac, mi padre, mucho y bien
por lo que creo puedo mantener mi anterior afirmación.
A base de pasar su
arco en diferentes inclinaciones, rascar le decía, buscaba pertinaz un diálogo
entre iguales de cuatro cuerdas con cuatro dedos. Poco a poco empezaron a
brotar de la vieja madera, primavera deseada en la soledad de campos y sasos,
verdes notas temblorosas ya con el aire insinuando aromas del bolero, en sus
primeros pasos, titulado Caminito. Mallo, ramal y violín de las mismas manos se
guiaban así que oficio y afición de su mano hacia Riglos muy de mañana
marchaban.
Un día de algo que celebrar enganchado en el estribo del Canfranero
para apearse en Riglos a tocar sus apocados aires de modernidad se abrió la
maleta del instrumento cuando ya el menhir Firé anunciaba la proximidad del
apeadero. Cayendo el violín a vueltas los nervios, la fatalidad, el miedo
escénico, el no tener billete, la culpa…lo que fuera o todo junto lo puso en buen
apuro. Acostumbrado a templar hierros a rojo cereza bien templado saltó del
tren, recuperó su tesoro y volvió a subir…nada que no tuviera solución diremos
que gracias a la Virgen del Mallo con Santa Cecilia de la mano. Lo apañó, tocó,
llenó un espacio de su música y, decía con orgullo sorprendido,… joder, hasta
bailaban.
No hay lugar donde no
quepa el intento de quien busca y ofrece la belleza como un heraldo de lo
posible. Es la tierra misma la que canta coral por sus mil gargantas himnos de
victoria sobre la cara oscura de los días. En salas y eras “el baile” eran
gentes y músicas celebrando una misma fiesta ganada al encuentro de espacio y
tiempo que forjaba su vida. Ecos de una tradición de narradores de raíz
profunda abiertos a las nuevas floradas con los aromas que llegaban del mundo
en su rodar imparable.
Eran flor de almendro atrayendo a su abeja, sexo abierto
al desconcierto del amor.
Eran baile y en él el asombro, la vergüenza y la
desvergüenza, la proximidad soñada, el encuentro, el beso escondido, la
frustración de la espera, la asumida indecisión, la buena comida y el trago
largo compartido.
Llegó el día que tuvo
que marchar, drama clásico en esta montaña de plena vigencia en este mundo, y
con mi madre a los 15 días de casarse embarcaron hacia Buenos Aires. Condición
sabia de mi abuela, esta de ir ya casado, para reforzar amparos y facilitar
retornos como así fue. Con ellos iba lo que consideraron de valor en su nueva
vida en las Américas. Una caja de Terry que canjear en destino por algo que aliviara
el bolsillo, una máquina de coser para mantener unidos los retales de sus
esperanzas, un colchón para el descanso y el deseo necesarios para lo porvenir
y el violín con su alma dispuesta para el encuentro con las gentes de piel de
almendro que le precedieron.
Desconozco, nunca
se habló de ello, que fue de aquel violín que salió del malogrado Paternoi para
llegar al Buenos Aires del Obelisco, insignificante Firé, y las grandes
avenidas.
Lo imagino en las meriendas entre churrascos y capeas de índices en
los parietales, en el Centro de Aragón ante joteros polacos, entre botas en
alto y testigo de las cartas y fotografías dedicadas de mi padre a los
suyos…Con un fuerte abrazo para mamá hermanos y sobrinos en el día de Navidad.
Buenos Aires 24-12-57.
Allí quedó, en aquel
nuevo mundo de cantos de sirena fabriles antes del amanecer como parte de una
historia de arraigos y desarraigos. Quizá, no lo creo, quedó como un capricho
viejo inservible para un retorno exitoso. O su pecho de abeto se enamoró de
rasgados aires de tango, o cansado ya del bullicioso silencio urbano en su
maletín calló para siempre sus sufridas armonías.
Así pues, violín de Isaac,
de tu caja de resonancia arranco de viva voz estas palabras que pocos, quizá
nadie, me temo escuchará.

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