
Por cuenta ajena 19 años cotizados en lo que en
casa siempre llamamos “el taller” y registrado como Industrias Mecánicas Adi. Taller
de raíces forjadas al fuego de generaciones de herreros pasando el testigo en
la yesca de su pan de vida por ganar. Todo acabó en una noche sin luna y mar en
calma en las que
los piratas de mercado y los trileros de charol acumulan sus tesoros en el
curriculum de su vitae al servicio de exitosos balances especulativos. Así que
sin la épica ni la ética, galardonas ausencias, que podrían esperarse de tan
respetados gestores, con más gloria que pena de nuevo encendimos la fragua de
los nuevos amaneceres por venir. He leído que lo que acontece es el relato que trasciende en lo que
ocurre, es lo que se siente, lo que merece la pena ser amado, lo que se
aprende, lo que perdura y proyecta en lo que ocurre que, de otro modo, sería
sólo un incidente vacío, una muda de culebra abandonada entre dos piedras.
Imposible decirte de tanto acontecer en el tiempo, mucho de lo ocurrido ya es
el polvo que seremos.
Apenas me queda el
siseo del caer de miles de horas en 19 otoños dejándome sobre hombros y espejos
su poso de humus de lo que fue mi juventud. Mi vida laboral vio la
fluorescencia en una sala obstétrica de buzos azulina, impactos metálicos, humo
de ducados y codos afilados. Mi primer llanto de enternecedor oficinista tras 18
años de gestación fue espontáneo. Entré, por lo tanto, a esta insospechada
parte de mis días con la incógnita bajo el brazo de todo neonato abriéndose
paso a la luz del universo laboral.
Obediente a los cantos
de sirena fabriles y a los timbres de entrada a clases nocturnas fui tejiendo
en mis rincones de trabajo urdimbres de inercias tramadas de rutinas. Las
prensas, de excéntrica mecánica, marcaban con brutal pulso el tic-tac de los
bocados de acero configurando lo que era allí el silencio sobre el cual debía
elevarse la palabra.
Olvidados brazos, fuegos,
herramientas… incapaces ante las nuevas ambiciones eran ya maduros voltios,
toneladas fuerza, máquinas...y una pleamar azulina con sus lunes y sus viernes.
Sin rumbo ni bitácora
sobre un océano interminable de pautas, procedimientos, apasionadas cartas
comerciales, fichas y formularios con mensajes olvidados y vencimientos a la
vista fui archivando, diligente, por un
futuro tácitamente pactado uno a uno mis días.
Qué aprendí, que llegué
a comprender en aquella vieja oficina a presión. Qué queda en mí tras tan
compleja singladura. No sólo fue una estela de papel engullida por el mar del
tiempo… Sufrí procurando no resbalar en el rastro de mala baba del caracol,
perdoné porque comprendí la lentitud de sus respuestas tardías y la espiral
hacia adentro de su substancia, amé compartiendo con mi padre una avalancha de
amaneceres, aprendí a emprender desde la raíz de lo que somos, curtí mi piel al
roce de la aridez de los entornos, viví en definitiva sabiendo que fuera todo,
también yo mismo, esperaba.
Gané por tanto un poco
de mí mismo, me perdí la luz de Junio, gané acompañar a papá como se sigue a un
Quijote en un parque eólico, me perdí mis caminos insospechados, gané conocer a
buena gente en entornos hostiles, me perdí en las corrientes bravas de un
destino inquietante, gané tomar la arriesgada senda de la dignidad, me perdí el
carpe diem ..ya tendrás tiempo ya…cita canalla donde las halla…
Así que hoy mucho te debo
aquel yo de entonces, gracias chaval de coraje impuesto, no me siento
defraudado. En tu nombre ni a la nostalgia ni al rencor convoco y a los náufragos
de entonces avisto hoy bajo la misma sonrisa de luna en mengua dócil y tenaz.
Hoy te abrazo íntimo amigo de mi misma carne, te tomo con mis brazos esos tus
mismos de entonces, con la ingenuidad de tu entusiasmo como entonces, y beso tu
alma agazapada tras la aparente feliz normalidad impuesta y cotidiana.
Mi jovencísimo
desconcertado, coge hoy tu mano que te tiendo desde lo insospechado de tus días.
Un brindis final por el
éxito en las absorciones verticales, que de buena teta bien se medra. Salud terneros
de la meritocracia y el autobombo con sus medallas de latón recuerdo de un salchichón
y escarapelas bicolor…entended capacitados gestores que lo tenía que decir,
mera cuestión de honor, nada personal.
Tu madrugar aquel,
yacente en el azogue de los espejos rotos, computa hoy en la muda cifra de mis
días cotizados…Pero ni rastro en el informe de las densidades de aquellas tus
horas cuajando tus días, tan tiernamente sacrificados en el altar insaciable
del deber por cumplir que dicen es el vivir.
Salud y armonía allí
donde vuestra memoria perdure compañeros de lo hoy apenas recordado.
Por cuenta propia 25 años cotizados. Texartu estudio textil.
Me detengo demasiado en el trujal del tiempo allí
donde queda prensado en perfecto orden el orujo prieto y reseco de nuestros
días. No sé exprimir de otro modo mi vida laboral contenida en el informe de
valoración de mi jubilación. Disculpas por ello.
Empezó cuando decidí terminar, mejor olvidar, mi
anterior etapa en Adi. En ese preciso momento vital donde sabes que todavía se
pueden vivir otras vidas, adentrarse en otros misterios, re-encontrarse o
encontrarse si vas tarde, amar sin poseer, recorrer tus caminos…
Terminó para nosotros con un traspaso de la
actividad para una ciudadana, celebrada, trabajada, facilitada, mágica,
orgullosa continuidad. Terminar fue un logro de hombre blanco del primer mundo
no exento de cierta sensación extraña. Porque después de tanto, tantas muchas
cosas, pasar el testigo supuso detener la marcha, quedar atrás viendo alejarse
veloz como el tiempo al nosotros de entonces ya inalcanzables. Persiga con
orgullo cada uno su meta en esta calle compartida.
Co-autónomos
como concepto vital, ajenos a seguridades y derechos aún por cosechar, fuimos
yunta abriendo su huebra en la pulpa verde y grasa de las cercanías. Ganaba el
amor su batalla y de la mano fuimos asediando cuarteles de invierno con agujas
forjadas al tintineo ilusionado sobre el yunque de nuestros días buscando golpes
certeros. Fuera del nosotros era invierno y pocos, sólo aquellos que siempre
han sido y estado, ayudaban a poner en pie amaneceres o alejar el temor a las
crueles ventiscas que arrasaban ya calles y plazas.
Fuimos
al fin mezcla de harinas por cerner, horno caliente, pan de casa, calle
festiva, textiles de cercanía, espacio de encuentro, gramo en el platillo
elevado de la balanza, tradición con su traición renovada, cultura rica y
diversa y libre, peña, dantza, cuadrilla y pañuelos abrazados al cuello interpretando el pulso de los pentagramas.
Tras la labor despertó la simiente con el buen
tempero de esta tierra y su gente, desperezó su tímida raíz para no perderse y
abrió a los vientos sus hojas volanderas para en ellos perderse.
Gracias amiga compañera de trabajo todas vosotras
allí donde estéis, amiga y amigo cliente vital y último fin de todo lo demás,
proveedor de apoyos tan necesarios, gracias a quien con su ánimo y ayuda animó
y ayudó, a los padres que temieron, confiaron y se ilusionaron al vernos junto
a su escuela de antaño “universidad de lo viejo” emprendiendo como aprendimos
de sus vidas, gracias a quien dañó y con ello enseñó, a la Asociación de
comerciantes del casco viejo enderezando entuertos, a instituciones públicas
del amor odio difícil de discernir, a profesionales varios e ilustrados pulpos
de compañía…Que gusto trabajar para la cara iluminada de vuestras lunas bajo
fuegos solsticiales, músicas de resistencia, afectos ceremoniales, brillo en
los ojos y vinos que escarban y hermanan.
Hoy apocado el empuje de esta yunta ante estos nuevos
barbechos por labrar, vuelta la vista atrás rebuscamos entre lo que dejó la
bajamar de esta “memoria del intento*” apenas desvelada. *De
Enrique Satué en Pirineo y manta.
Aquí quedamos, sin perder la capacidad de asombro
ante todo lo que se renueva en este vaivén de la vida. Todo continúa, todo
espera.